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Cuando en les fiestes de prau antaño me daba vergüenza salir a bailar pasodobles, no era una cuestión de “miedo escénico”, sino más bien de incomodidad. Sobre todo porque tener que estar con los cinco sentidos para no pisar a la desafortunada en cuestión era una tarea un tanto imposible.
Pero es que uno nunca fue carne de música popular. Para variar, siempre era el que compraba música rara (de aquella “bajar un disco de megaupload” equivalía a comprar cintas de cromo si eras muy purista, y que algún vecino -nunca tuve cadena, ni mini ni sin mini- te hiciese el favor), o el que daba paseos por medio Laviana con el walkman a pilas recargables que aguantaba un par de horas. A partir de ese momento, Dream Theater sonaba a cacofonía barata.
A lo que voy. Nací para otra música. Me enganchó fuerte la electrónica (era kraftweriana y jarresca), para, ya con un poco más de “madurez”, pasar al rock puro y duro. Medio pie en el jebi, pero siempre con los 70’s bien presentes y los Zeppelin siempre en la recámara.
Precisamente en plena edad “esponja”, formamos So What? Band, junto a personas de todos lados y gusto, y ahí fue donde el jazz y el funk calaron bien hondo. Es cuestión de abrir las orejas. El que no lo quiera entender, peor para él, yo tengo la suerte de poder elegir entre géneros. ![]()
Bien, después de esta “pequeña” introducción, vamos al grano. Ayer ví a Maceo Parker. En una sala pequeña pequeña. Estaba petada de gente, pero al final quedamos la mitad.
El buen hombre, junto a su super-mega-colosal-excepcional-… banda hicieron que las piernas no dejasen de moverse. Allí, a 2 metros del mejor saxofonista de funk, trombón, trompeta, bajista, guitarra, teclados y coros, la gente no paró de bailar durante casi 3 horas de concierto. Algunos se rindieron un poco antes.

Lo había visto en El Campoamor hace unos años en Oviedo. Pero sentado no es lo mismo. Una cervecilla, el calor de una sala pequeña y poder mover el trasero de un lao pal otro, impagable.
Bueno. No tanto quizás. Eso fue lo peor. 22 libras para una sala lamentable (The Pigalle Club), donde las entradas de “standing” significan que no puedes acercarte al escenario (ayer nos lo “permitieron” después de que el propio Maceo pidiera que la gente saliera a bailar), y te dejan, os prometo que literalmente tirao en un lado de la sala.
¿Qué es lo que hay delante del escenario? Pues básicamente un montón de mesas con gente cenando, apuesto a que el 80% de los cuales no sabían ni quien era aquel tio del saxo.
Así que, amigos, te posicionas en un pasillo cutre, donde nos apelotonamos los que no queremos pagar las 44 libras de entrada con cena, y si quieres ver al músico no puedes evitar tener que ver como la gente de duros come sus platos y bebe su vino.
Pero queda lo bueno, lo genial que es que todo un conciertazo lleno de energía y buenas vibraciones, y que a la mitad nos dejaron ponernos delante del todo, al lado de estos locos.
Salimos de allí pingando (y esta vez, no por la lluvia, sino por la sudada) a las 12 con un subidón que me hizo estar despierto hasta las 2 de la mañana…
perdón por el tostón (se nota que estoy mucho más animado?
) y la horrible foto…
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