The Winery Dogs

The Winery Dogs es una de esas bandas que parecen hechas por uno o dos motivos, o bien son productos del ocio de sus componentes o bien es una forma más de hacer algo más de dinero. O tal vez realmente necesiten explorar “otros terrenos musicales”.

Sea como fuere, uno no se podía perder a tres monstruos del “classic rock” y el progresivo, por hacer un nexo de unión que justifique el estilo que este supergrupo practica.

Mike Portnoy, al que hay que seguir presentando como ex-batería de los Dream Theater, Billy Sheehan, un “dinosaurio” (en el buen sentido) del bajo que con los años aun sigue sorprendiéndome, y Richie Kotzen, un gran guitarrista que ha pasado por bandas como Poison (ja!) a principios de los 90s, o los propios Mr.Big de Sheehan tras la salida de Paul Gilbert por aquel entonces.

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La cita nos acercaba hace unas semanas al Underworld de Camden, local que pisaba por primera vez, y que resultó ser una sala con un buen puñado de conciertos a sus espaldas, todos muy centrados en el rock más clásico, sin dejar de lado a sonidos mas metaleros. Macarrismo, vaya. Lo mejor de estas salas de tamaño “reducido”, es que los músicos (y sus amplis) están todo lo cerca que se puede estar del público, y a veces, y ésta era una de ellas, eso se agradece mucho.

Abrían el concierto los ingleses Voodoo Six, que dejaban un sonido muy contundente, con algunos detalles y líneas de corte muy 70s que me encantaron, si bien algunos devaneos más metaleros ya se alejaban de mis gustos más personales. De cualquier modo, grandes músicos, gran cantante y sonido empastado y demoledor. Gran banda.

Tras ellos, los roadies destapan lo que tenía justo delante de mí, el rack de bajo con los Hartke bien ensamblados. Se presentaba una noche de esas en que sabes que te vas a ir con los oídos zumbando, al más puro estilo de los ensayos de Lalabelly.

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Y arrancan con “Elevate”, el corte que más me gusta del disco, que suena realmente bien y ya presenta los malabarismos de unos y otros sobre cuerdas y batería. Imposible no quedarse atónito con la forma de tocar de Sheehan, que aunque muchos tachan de una falta de “alma”, cuando el hombre se dispone a machacar líneas rock-funky, no hay muchos que cuadren mejor en esta tarea.

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Mención especial a la destreza de Kotzen a la guitarra y su peculiar modo de tocar, con un sonido que podría tumbar los pilares de aquella sala. Telecasters saturadas y solos a lo guitar-hero, pero sin pecar demasiado de serlo. No se queda sólo en esa faceta, sino que canta a las mil maravillas. Se marca un “solo” de acústica-voz que haría sacar los mecheros a la antigua, y aunque tenga un punto que me llega a gustar, es quizás un poco “cheesy” y demasiado americano para mi gusto.

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Y por supuesto Mike, el eterno batería de los 1001 proyectos, que sigue siendo de lo más mediático y cómplice con la audiencia. Set ajustadito si lo comparamos con los monstruos de la era Dream Theater, mucho más en la línea que parece seguir últimamente con los proyectos tipo Flying Colors, Transatlantic, o Neal Morse.

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Una gran noche de rock de estilo clásico y muy americano, no excesivamente de mi gusto, pero es cierto que cuando tienes delante de ti a tres extraordinarios músicos (y habiendo sido Portnoy & Sheehan de esos “héroes” de mi época de teenager), todo parece escucharse de otra manera. Solo por detalles como este juego de esas dos bestias, la noche se hizo, una vez más, mágica.

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